domingo, 27 de diciembre de 2015

Propósito de año nuevo

Así a lo tonto ya es 28 de diciembre de 2015

Seguimos sin tener coches que vuelan, el efecto 2000 lo superamos con creces y en España se ha "acabado" el bipartidismo. Todo cosas que nunca hubiéramos creído de haberlas escuchado en los 80 ó 90.

Sí tenemos,  en cambio, la posibilidad de olvidarnos de cualquier dato aprendido en las aulas, porque una bendita (y a la vez maldita) cosa llamada Google nos ofrece resultados fiables en menos de un segundo ante cualquier pregunta que llegue a nuestras cabezas. Por absurda o inoportuna que parezca. 

También podemos, si queremos, tener miles de "amigos" en todo el mundo,  a los que contarles nuestras penas y, sobre todo alegrías. Y de paso hacer las delicias de toda esa gente del marketing ávida de saber de nosotros para vendernos más y mejor. 

Y,  cómo no,  disponemos de unos teléfonos maravillosos, con lo que incluso se pueden hacer llamadas, que forman parte de nosotros, y dicen que algunos quieren incluso más que a su coche, que ya es querer. 

El tiempo, que machaca hasta las cosas malas, nos ha traído hasta aquí y, segundo a segundo nos llevará hasta diciembre de 2016. O no. 

¿Has pensado ya en que vas a gastar los 366 días que el nuevo año te pondrá por delante en unos días?

Lo primero, y casi diría que lo único, que yo me propongo para este nuevo viaje alrededor del sol es pensar menos y vivir más. ¿Se puede pensar menos cuando sabemos que el cerebro humano no dejar nunca de pensar? A no ser que seas budista y alcances el nirvana... 

No me voy a hacer budista. Al menos no este año. Una nunca puede decir nunca. Así que tendré que recurrir a otra táctica. 

Pensar más en los pensamientos de luz y no en los pensamientos oscuros. Ahora que está tan de moda la saga de Star Wars. Aunque los pensamientos del lado oscuro sean en mi caso mucho más banales que los de Lord Vader y sucedáneos. Un pensamiento negro de los míos puede consistir sin ir más lejos en hacer la lista de la compra. Odio ir a la compra por varios motivos. Me cansa, me aburre y me cuesta dinero. Otro me lo pueden provocar un domingo por la tarde las pelusas que se resisten a abandonar mi territorio. 

Sea como sea, he descubierto que si cuando me viene un pensamiento de esos de mal rollo lo paro y llevo mi mente a uno de los buenos, la cosa cambia. Cambiar la atención de lo malo a lo bueno puede cambiar muchas cosas.  El estado de ánimo y también la energía para afrontar todo lo que nos viene.  

Parece obvio y fácil. Obvio quizás sí que sea, pero no es sencillo. La mente es poderosa y perezosa y prefiere instalarse en lo conocido, por mucho que sepa que eso no le beneficia. Por eso (y por otras muchas razones científicas que no pretendo tratar aquí) es tan difícil salir de una situación de estrés o depresión, o sin llegar a esos extremos, de bajón anímico.

Así que cuando a mi cabecita le dé por pensar en cosas feas me pararé y rebuscaré en sus cajones las cosas bonitas. Y de paso haré algo que me haga recopilar más cosas buenas en qué pensar y guardar en el lado luminoso de mi cerebro, a las que pueda acudir en caso necesario. Y así sucesivamente. 

Ocupando mi tiempo con cosas chulas, conseguiré buenas dosis de buenrollismo, que me vendrán de perlas mientras desprotico al conducir por Madrid o un camarero me trata como si fuera yo la culpable de su regalo del amigo invisible. 

Dar un paseo y sentir el sol en la cara, tomar el aperitivo, invitar a gente a casa, desayunar en sitios molones, ir mucho al cine, leer muchos libros, ver mucho arte, hablar mucho con mis hijas, con los amigos, viajar y viajar, con mi pequeña familia, con mi pareja, con mis amigas. Bailar, escuchar música, hacer deporte y beber cerveza muy fría (a ser posible después del gimnasio y no antes). Escribir... 

Y querer,  mucho querer y un poco quererme más.

Todo eso es lo que más me gusta hacer y haré todo lo posible.

Siempre y cuando consiga quitarme de pensar.

¿Lo conseguiré?


domingo, 20 de diciembre de 2015

Mis razones para no votar

Sí, no voy a votar esta vez. Me he cansado. ¿Que cómo yo siendo mujer y declarándome feminista me atrevo a no votar? Pues mira, no ha sido fácil. De hecho aún sigo, a las dos de la tarde del 20 de diciembre de 2015, con mis dudas sobre si sí o si no. Y sobre todo dudo mucho de si publicar esto o no. No tengo que justificarme de nada y por nada, no lo hago por eso. Es un impulso, algo dentro de mí me lleva a escribir esto. Mis dedos van sólos.

Estoy contenta de que por fin ya no esté todo en manos de dos partidos, como la liga de fútbol. De que haya otras alternativas que de verdad tienen oportunidades. Porque alternativas siempre ha habido, hay muchos más partidos, aunque todos sabemos que con pocas opciones de tocar el poder.

El poder. Esa mágica palabra que a todos parece enloquecer. Esa herramienta que todo lo puede y todo lo es. Ese anillo dorado que convierte en "otra cosa" casi todo lo que toca. 

Porque el poder corrompe e idiotiza. Vuelve a la gente del revés. Les da alas para decidir, sin importar si esas decisiones contradicen sus promesas, sus supuestos ideales, sus objetivos vitales. Y muchas veces es la excusa perfecta para mirar más hacia uno mismo que hacia cualquier otro.

Estoy harta. Llevo votando desde hace más de veinte años y he votado de todo. No soy ni de unos ni de otros. No tengo ningún carné. Supongo que no soy muy diferente al resto. Simplemente tengo unas ideas sobre ciertos temas y otras sobre otros. Creo en la libertad, en la convivencia pacífica, en la igualdad de oportunidades, creo mucho en la igualdad de oportunidades. Y sobre todo, lo que quiero, es vivir tranquila, como todos. Y no me consta que ninguno de los cuatro partidos diga que no cree en estas cosas. Tampoco me consta que seamos libres, más allá de la libertad de nuestra actitud ante la vida. Porque ni siquiera la libertad de pensamiento existe, ya que la mayoría de nuestros pensamientos está influido por lo que vemos y escuchamos a nuestro alrededor. Lo que creemos que pensamos, muchas veces es en realidad lo que piensa nuestro compañero de al lado, o la cadena de televisión equis. Así de triste.

Sí, vivimos en un país libre, donde existe algo llamado libertad de expresión. Pero cada vez es menos libre y no sólo por la ley mordaza sino porque nos "debemos" al sistema. Formamos parte de una rueda de la que no es fácil escapar. Y no sólo por el sistema, sino porque si opinas abiertamente sobre algún tema, da igual el que sea, siempre tienes cerca de ti a alguien que te machacará y usará su "poder", verbal o social, en tu contra.

Recuerdo cuando todo mi mundo se vino abajo en la clase de Filosofía de tercero de BUP. Todos los valores que entonces creía imperturbables, fueron cayendo uno a uno tras escuchar a mi profesora, Ana se llamaba, hablar del mito de la caverna de Platón. ¿Y si todo lo que yo creía que era la realidad era falso y lo que yo estaba vivendo eran sólo las sombras de lo verdadero? Y tomé una decisión bastante difícil para mí entonces. No iba a hacer la Confirmación porque tenía miles de dudas y me sentía incapaz de confirmar nada. Y aunque me costó tomar esa decisión, me sentí libre una vez que la tomé.

Ahora no me siento especialmente libre no votando. Creo que si de verdad hubiera una propuesta que me convenciera de verdad, que no me ofreciera ninguna duda, o al menos sólo unas pocas dudas, mi voto ya estaría en una urna. Sí, se que lo perfecto no existe y todo eso.

De verdad que me siento mal no yendo al colegio electoral. Porque me gustaría votar. Porque no soy una pasota, ni apolítica, ni comodona, ni todas esas cosas que dicen de quienes no ejercen su derecho.

Pero me siento incapaz de hacerlo y después arrepentirme de haberle dado mi voto a alguien que me decepcione, porque donde dijo digo diga diego y bla bla bla. No quiero entrar en el juego, al menos no esta vez.

Mucha gente se me echará encima y me recriminará mi acto y me dirá que luego no se me ocurra quejarme o que con todo lo que la mujer sufrió para poder votar que ya me vale, etc, etc. Es algo que ya me espero. 

Mi conciencia, mis muchos días de reflexión, me han llevado a abstenerme por primera vez en mi vida.

Y es una opción tan respetable como cualquier otra, sea cual sea tu opinión.

Ojalá que para la siguiente ocasión las cosas hayan cambiado. Entre otras cosas me encantaría ver a una mujer de candidata. Sí, sé que es difícil, no imposible.

Prometo no quejarme si tú prometes no juzgarme.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Es Navidad de nuevo


La Navidad es ese periodo del año que va llegando antes conforme cumples lustros. Parece increíble cuando tienes siete años que 365 días se pasen tan deprisa cuando llegas a los cuarenta.

Te levantas una mañana de enero con el roscón de Reyes, almuerzas con la Semana Santa, comes una paella en la playa, meriendas con la vuelta al cole y cenas turrón de Jijona. Y así una y otra vez.

La vida es como una gran bola gigante en la que vamos dentro, rodando sin parar de pasar por el mismo sitio del calendario (de adviento).

Quitando el vértigo que da saberse preso del tiempo y del espacio, este viaje sin retorno tiene su puntito. Ya que no podemos, de momento, ser Marty McFly y retornar al pasado, al menos podemos revivir sensaciones, emociones, pensamientos, incluso experiencias ya vividas, con la paz mental que aporta el hecho de regresar a lo conocido.

Ya hemos pasado por aquí, ergo ya tenemos parte del camino hecho y somos capaces de mejorarlo. Y de empeorarlo, también somos muy capaces de eso los humanos.

¿Cuándo ha sido la primera vez que este año has visto, olido, escuchado o comido algo navideño

Seré honesta si digo que esta vez no lo recuerdo con exactitud. Dicen que el estrés es mal amigo de la memoria y en eso andamos. Aunque si rebobino mi biblioteca mental un pelín, enseguida me aparecen en el cerebro imágenes... El día que voy a Carrefour y veo que ya están puestas, sin enceder, las luces en el parking. O en Mercadona empiezan a vender pandoros. El catálogo de Juguetes de El Corte Inglés aparece de repente en mi casa. Y un correo de alguien de la oficina me recuerda que el día tantos del mes tengo que pagar mi décimo de Navidad si quiero que me toque el Gordo.

Y qué chulo cuando sales del túnel de Plaza de Castilla una noche, mientras vas pensando en el super atasco que te espera a la salida y, de repente, encuentras la Castellana llena de luces bonitas. 

La Carta a los Reyes de las niñas, que cada vez tiene que ser escrita antes para aprovechar los cupones descuento de las grandes superficies. El encargo de vender lotería Abay, la que siempre toca. La cenas y comidas con compañeros del curro, esta vez adelantadas a noviembre, para evitar los abusos de los restaurantes de diciembre. Poner el árbol navideño y el Belén en el puente de la Inmaculada. Hacer planes para ir a Murcia con la familia. "Qué ganas mamá de que lleguen las vacaciones", tan necesarias ya a estas alturas del partido.


Los pasillos de mi oficina se parecen bastante a alguna escenas de The Walking Dead en estos días previos a las fiestas. No exagero. Las ojeras, los ojos vidriosos, las caras avinagradas, las ganas de meterle un bocao en la yugular a más de uno... La gente ama trabajar. Pero se cansa. Esto es así.

Las redes sociales se llenan de mensajes de felicidad y amor por doquier. Lo mismo que los medios de antaño multiplicado por ene millones. ¿Hará esto que el amor, por ser tantas veces deseado, aunque sea con fines comerciales, llegue de verdad a algún sitio decente? El optimismo me invade.


Sin embargo yo no he venido aquí desprestigiar la dulce Navidad, lanzar dardos contra el consumismo desmesurado o sacar los colores a nadie que disfrute de estas "entrañables" fechas mientras en el mundo sigue habiendo tercer mundo, refugiados sirios y gente que hace cola en Cáritas.

Mi idea era más bien la contraria. Reivindicar lo que mola de estos momentos, que no digo yo que sean muchos los instantes que de verdad de verdad de la buena molen. Ni que no empachen. Más de uno llegamos al día siete de enero con pruritos alérgicos desarrollados sobre la corteza cerebral y tic nerviosos provocados al escuchar esos "benditos" villancicos.

Porque regalar y que te regalen, comer cosas ricas, vestirse bien, brindar, bailar, ver las luces, visitar los mercadillos, decir a la gente que sea feliz, tener ilusión por el Gordo, no madrugar, los reencuentros familiares, el roscón, el vino, las uvas....las caras de felicidad de tus hijos, sobre todo sus caras, todo eso es un gustazo.

Lo otro, las compras, las colas, los atascos, los precios, las disputas, la decepción de no ganar ni el reintegro, los mensajes edulcorados, la invasión publicitaria, la resaca...todo eso es un coñazo. Y las ausencias, sobre todo esas ausencias que nos hacen desear meternos en un agujero y no salir hasta la primavera.

Quiero quedarme con lo primero. Prometo intentar disfrutar de todo lo bueno y no dejar que lo otro me boicotee el ánimo.

Sobre todo por ellas. Tengo claro que las Navidades son para ellos, los niños. Para los que criamos y también, para los que llevamos dentro.

La Navidad es para mí un recuerdo de la tarde que pasaba con mi abuela y mi prima poniendo el Belén.

No os perdáis esta versión de Jingle Bell...¡Feliz Navidad!











lunes, 7 de diciembre de 2015

Mi vida cada vez se parece más a la del conejo de Alicia en El País de las Maravillas

Llego tarde, ¡llego taaaarrrrrrdeeeee!


Excepto por mi aspecto humano, y porque no voy gritando mi falta de puntualidad a los cuatro vientos, cada vez me parezco más al animalito que Alicia veía correr en su onírica historia.

No es que me haya convertido en una maleducada que se dedica a hacer esperar a los demás en sus citas, o se levanta con el tiempo pegado al trasero antes de ir cada día a la oficina.

Lo que pasa es que vivo en un estado de ansiedad pre traumática permanente. Que me perdonen los médicos, psicólogos y demás por atreverme a inventarme nuevos sindromes.

Me paso el día en un sin vivir perpétuo, tratando de encajar las múltiples actividades que invaden mi rutina con la precisión de un cirujano, con tal de llegar no ya a todo, sino a los mínimos imprescindibles. Lo básico para que mi familia no muera de inanición, mis jefes me sigan sin incluir en una lista de reducción de costes y mis amigos no se olviden de mí al organizar la fiesta de Navidad de cada año. Aunque pensándolo bien...

Una vez que lo básico está cubierto, intento ir un poco más allá, como por ejemplo, visitando la peluquería una vez al mes para cubrir mis canas. También considero fundamental hacer ejercicio, a ser posible con un precalentamiento inicial y unos estiramientos finales. Si no pasa lo que pasa y al día siguiente te encuentras con una contractura del tamaño de un dragón, que te escupe fuego en el cuello mientras se ríe en tu cara de tu amor por el fitness.

En ocasiones también leo libros. Unas cosas rectangulares con páginas en papel y letras impresas que te hacen olvidar el mundanal ruido (y el ruido de las obras del vecino, que me tiene frita). Y muy de cuando en cuando, escribo, siempre que consigo robarle horas al descanso homologado y recomendado por la OMS y los fabricantes de colchones, que son muy cool y escriben contenidos en redes sociales para conseguir engueichment.

Y esto no es así por voluntad propia. Es más una cuestión de pura supervivencia e ingeniería logística. También de sentido común. Si quiero comer, tengo que ir al super y luego cocinar. O bien gastarme un pastizal en comer todos los días fuera de casa. Lo cual se aleja de ese poco común sentido y de mi realidad nominal.

Si quiero que mis hijas se labren un futuro (que curiosa expresion esa de labrarse el porvenir) las tengo que llevar al cole (obviando la parte legal del asunto) y luego apoyarlas en sus deberes y después acercarlas a sus actividades extraescolares para que hagan algo de deporte, lo mínimo recomendado por la Asociación de Pediatría. O de esparcimiento mental, tan necesario.

De jugar con ellas o contarles cuentos no hablamos. Este es un tema que me duele más que la contractura, pero que por pura salud mental he tenido que esconder en el cajón, al fondo a la derecha. Lo sacaré con el cambio de armario o cuando Rajoy implemente la jornada de 26 horas diarias. Porque dicen que va a volver a ganar el señor. "Mira mamá, el abuelo está en el iPad", no hija, es el Presidente del Gobierno. Ahhhhhh.

Cosas como hablar con mi pareja, ver una serie juntos, y hacer otras cosas, juntos o separados, son para nota. Y cada vez se van quedando más atrás en la carrera por llegar a la meta de las diez de la noche. Ese punto de inflexión en el que las ojeras llegan hasta la comisura de los labios, los dolorcillos varios empiezan a chillar que ya no te quieren aguantar más y la mente está tan frita como las salchichas de pavo que te han apañado la cena a pesar de que la carne procesada es el demonio.

¿Llego o no llego? Llego porque malo sería que no. ¿En qué estado? Ah amiga, eso mejor no te lo cuento, porque ya te lo imaginas.

Yo no concilio porque conciliar es una palabra que sugiere paz y equilibrio. Lo mío es más parecido a una guerra sin cuartel, a una carrera sin final donde la vida me arrastra de un lugar a otro sin dejarme tiempo para respirar.

¿Soluciones? No las veo a corto plazo. Pero sueño, porque eso también lo hago, en una cabaña en la montaña a la que retirarme a escribir, beber cerveza y consumir alimentos cultivados en el huerto. El del vecino, se entiende. A mí no me engañan más. Que con la supuesta liberación femenina, esa en la que la mujer ya ha conseguido casi todo lo que necesitaba en la vida, porque se parte los cuernos para currar y ganar dinero que gastarse en el Black Friday, he tenido suficiente.

Yo si me voy al campo es para la vida contemplativa. He dicho.







martes, 1 de diciembre de 2015

Cuando llegas a esa edad en la que podrías ser la madre de la mayoría

Ya he hablado de los cambios físicos que sufrimos todos aquellos que traspasamos la temida barrera de los 40.

Sin embargo no he dicho mucho sobre los cambios emocionales o mentales que suceden también una vez que la fatídica línea se ha dejado atrás.

Créeme, son los peores. 

La primera vez que con treinta y muchos tienes la extraña sensación de que podrías ser la madre del repartidor de Carrefour, pronto lo olvidas porque pasa a esa parte del cerebro de sensaciones raras no identificadas. No es hasta que entras de lleno en el cuarentañismo que empiezas a incorporar la sensación a tu día a día como algo natural. Lo cual no significa que te acostumbres a ello ni que no te entren ganas de cambiar de país cada vez que te pasa. Es jodidamente desagradable aunque, siguiendo la filosofía positiva de alguna de mis amigas que rondan los 50, diré que con el tiempo conseguiré darle la vuelta y verle el lado jocoso al asunto.

Vas a El Corte Inglés (sí, nosotros somos parte de su público objetivo) a comprar un móvil y te atiende un chavalín que gritaba desde el baño eso de "YA HE TERMINADO MAMIIIIIIIII", el mismo día en que tú te hacías la foto de la orla en la Uni.

En la consulta del ginecólogo te encuentras con una chiquilla tomando notas, que piensas que es la hija adolescente de la verdadera ginecóloga. Hasta que después de unas preguntillas te pone en esa postura tan cómoda y agradable, que nos encanta a las mujeres, y te mete mano.

Vas a clase de danza moderna y la profe no ha oído hablar nunca de Fama ni de Flashdance. A veces ni de UPA Dance. Es más, es que ella no había nacido cuando tú llegaste a Madrid a estudiar la carrera. Y como ve que la media de edad ronda los taitantos, se dedica a montar una coreografía de tres pasos ridículamente fáciles, a ser posible latinos, para que parezca que haces algo, sin hacer mucho, y no te de un telele ahí en medio. A ver qué va a hacer la pobre si se le cae una "señora" al suelo.

Si se te ocurre apuntarte a un curso para renovar conocimientos, e incluso rejuvenecer cuerpo y mente, no sólo te vas a encontrar con que todos los alumnos votan desde hace pocos años. Lo peor es que eres mayor que cualquiera de los profes, alguno de los cuales estaba en plena edad del pavo cuando tú fuiste madre "precoz" a los treinta.

Podrías ser la madre del dependiente de Mc Donalds, de los profes de extraescolares (y algunos maestros), de la farmacéutica, de las cajeras del super (no de las del Día), de los becarios de la oficina, de las chicas que atienden en las tiendas de Amancio, de algunos empleados de bancos, de la peluquera, la esteticista, la mujer que te ayuda en casa, el operario del gas y muchos de los hijos de los vecinos que todavía creían en los Reyes cuando tú te mudaste aquí hace 12 años.

Y es que el tiempo, no es que pase volando, pasa a su ritmo, pero sin que nos demos cuenta, sin que apreciemos cómo nos va cambiando poco a poco y nos arrebata la infancia, la adolescencia, la juventud...y nos convierte en señores y señoras hechos y derechos, que diría mi abuela.

Señores y señoras que seguimos sintiéndonos mentalmente como cuando teníamos veinte o treinta. Señores y señoras que odiamos que nos llamen así o nos miren o traten diferente por la edad que tenemos. ¿En serio tú, que tienes 30 (o por ahí) crees que a ti esto no te pasará nunca? Más te vale que sí.

Lo de las canas, las arruguitas, el michelín y todo lo demás apenas importa si lo enfrentamos a esto otro. Tener cuarenta no es sinónimo de que todo lo bueno se acabó, eres un amargado laboral o has perdido toda capacidad de crear o innovar. Nada más lejos. 

Afortunadamente el cuidarse está de moda y ahora casi toda la gente de mi edad practica deporte. Al menos cuando voy al gimnasio no siento que pudiera ser la madre de todos mis compañeros. Aunque sí de algunos monitores. Todo hay que decirlo.




lunes, 16 de noviembre de 2015

Una verdadera lástima

Dicho sea entre nosotros ese asunto hubiera habido que liquidarlo de una forma más precisa.

¿Verdad, amor? Si le hubiera triturado en lugar de trocearle, nada de esto hubiera pasado. Tú no estarías a punto de ser abandonado. Yo no estaría tan jodida.

La poli viene hacia aquí, lo presiento. Cometí un error de principiante. Ese puñetero beso de despedida que no pude evitar. Como si le quisiera todavía.

¿Quién se creía que era? Tan soberbio cada mañana en el ascensor. Llevaba por el barrio casi un año y nunca dio señales de reconocerme. El más guapo de tercero A. El más imbécil.

“Eso no se hace”, le decía su mamaíta a la salida del cole cuando tiraba el papel del bocadillo al suelo. Si ella hubiera sabido todo lo que su niño “hacía”. Los insultos, los golpes, las risas.

Lo que hubiera dado por encargarme de todo de forma personal.


Lástima que muriera en cuanto te tiraste a su cuello, cariño. Una verdadera lástima.

Relato presentado al concurso de microrrelatos Getafe Negro, que el certamen de novela negra organizó junto a la Escuela de escritores. El concurso lo ganó un gran microrrelato de Fernando Alemán

Orgullosa de haber participado, todo un premio haberme presentado. 

domingo, 1 de noviembre de 2015

El tiempo pasa y ellas crecen


Entiendo que existan personas en este mundo a las que cambiar de móvil les hace ilusión. A mí nada. Me compre uno nuevo hace dos semanas y sigue en su caja. ¿Y por qué sigue ahí? Porque guardar todo lo que tienes en un "aifon" para pasarlo al ordenador y no perder nada de lo que atesoras dentro de ese cacharro es una misión de alto riesgo.

Cuando hace un par de años las 8 gigas de música que guardaba en mi "aipod" se volatilizaron al hacer clic en sincronizar, que es algo así como el botón rojo de la guerra fría, estuve al borde del colapso nervioso. Por eso ahora me ando con mucho ojo antes de sacar mi tarjeta sim del viejo móvil y ponerla en el nuevo.

Y como "aifon" es un teléfono tan bonito y práctico, mi forma para sacar vídeos antiguos que provienen de anteriores teléfonos y que no tengo ni idea de cómo sacar de ahí, es enviando estos vídeos uno a uno por email.

Por este motivo llevo un rato con la lagrimilla aflorando en el ojo, de ver tanta imagen de mis hijas de bebé o de pequeñinas. Ahora me da una pena terrible no haber grabado momentos de L. en vídeo antes de tener cámara en el móvil...aunque por otro lado, ver estos vídeos me produce una nostalgia infinita, un estado emocional nada aconsejable a mi edad (crisis de los 40 y pico acechando).

Así he visto a mi pre adolescente de doce años cuando cumplía tres y soplaba su vela de número en casa de los abuelos. Cuando iba con el padrino a los columpios y no paraba de subir y bajar del tobogán. Cuando contaba sus parrafadas interminables a los cinco, que te quedabas pensando, en tu mundo interior, que de dónde había sacado esta niña toda esa palabrería. Cuando hacía sus exhibiciones de kárate en el cole, o de baile, con esa ilusión y entusiasmo que siempre le puso a todo. El algún momento aparece también su gesto de enfurruñamiento grado 7 sobre 10, afortunamente ya controlado a estas alturas. Hasta que llegue a la adolescencia nos queda aún un margen. Disfrutemos. 

Y luego están los de la peque cuando era muy bebé. Cuando nos encontramos con ella en Addis Abeba. Cuando dijo papá por primera vez. Su risa a carcajada limpia con 7 meses, que ha seguido formando parte de ella todo este tiempo. Y que dure. No hay nada como mirarla sonreír para que se te quiten las tonterías de adulto de la cabeza. Esos cabreos que nos vienen encima por estupideces como el tráfico, el email incendiario de turno o la cola en la caja del super.

La veo también en pleno descubrimiento de los regalos de Navidad, cuando la ilusión por romper papeles de colores es lo más, o haciendo un teatrillo de marionetas con su hermana en el que buscan un tesoro por cielo y mar. Otras veces sale cantando en guachi guachi un hit internacional. En todos los videos destaca por ser un alma en constante movimiento. Tiene una energía interior enorme que le sale por los cuatro costados en forma de manos que tocan todo, pies que suben y bajan, cuerpo que necesita abrazos y carcajadas que te recolocan el humor.

Trozos de nuestra vida. Momentos que son pequeños tesoros de la historia que construímos juntos cada día. Instantes fugaces que no son más que una infinitesima parte de todo lo que nos pasa. Porque nos pasan muchas cosas, incluso muchas más de las que puedo postear en facebook y esas redes de por ahí.

Me encanta mirar atrás y recorrer con la mente los días mejores. Y mirar hacia delante pensando todo lo que nos queda por delante. Lo mejor de todo, sin embargo, es mirar hacia los lados y tenerlas a las dos junto a mí, acurrucadas en el sofá, viendo una peli en familia, como hace unos minutos. 

Y pensar que estoy en el mejor sitio del mundo con la mejor de las compañías.

martes, 13 de octubre de 2015

Isabel Pantoja (hija) y el derecho a la intimidad

He escrito varios posts hablando sobre esas frases, preguntas, comentarios que todas las familias adoptivas tememos. O mas bien diría que no queremos oír porque nos desagradan. Bien por falta de sensibilidad de la persona que las dice o por simple ignorancia.

Hay una que destaca por encima de todas. La pregunta del millón:

¿Y qué sabes de su familia biológica?

Y quién soy yo para ir contando por ahí la historia privada de mi hija. Y quién eres tú para preguntarme por ella.

Yo soy su madre (no biológica) y como tal uno de mis deberes fundamentales es salvaguardar su vida y su intimidad. Tal y como hacen los famosos cuando les ponen a sus hijos una banda negra en los ojos. Pero mucho más allá. Porque la historia de nacimiento y vida anterior a la adopción de un niño es una historia que duele mucho. No es una historia feliz.

Duele mirar hacia atrás y sentir que te han abandonado, y por favor, entiéndase abandono en su sentido mas amplio, incluyendo los casos de orfandad, pues la familia es mucho más que el padre y la madre, y los de retirada de la patria potestad, ya que las causas de ésta suelen implicar en última instancia el abandono.

Es una herida que sangra siempre, aunque esté cicatrizada, aunque el dolor sea de esos sordos y lejanos. Y es muy difícil de gestionar por las mentes de niños y adolescentes. No mucho más fácil en la edad adulta. Esto es algo que sólo sabemos quienes lo vivimos. Y que a veces compartimos con otras familias como nosotros. Los miedos, las rabietas, las preguntas, los llantos, la desolación y todo lo que se mueve alrededor de este hecho. La famosa mochila que llevan ellos a la espalda y, de alguna manera, también nosotros, sus padres, sus hermanos y la familia más cercana.

Por eso es inadmisible, por no hablar de que se trata de un delito, que unos mal llamados periodistas hayan publicado una entrevista en un medio de comunicación con la madre biológica de la hija de Isabel Pantoja. La única persona que tiene derecho a decidir si quiere saber de su historia y quiere conocer en persona a esta madre es única y exclusivamente, Isabel Pantoja hija. 

La búsqueda de orígenes es un tema muy delicado, al que todos las personas que han sido adoptadas tienen derecho. Como también tienen el derecho a no querer saber nada sobre el tema.

Puede parecer injusto. Sobre todo visto desde el punto de vista de una madre biológica como puedas ser tú que lees esto ahora. Seguro que te pones en su piel y piensas: claro, yo entiendo a esta señora, pobre mujer, entiendo que quiera darle un abrazo a su hija. ¿Qué hay de malo en un abrazo?

Pues resulta que sí hay mucho de malo en un abrazo. En ese abrazo en particular. Hay de malo el morbo y el exhibicionismo, la carnaza, el dinero que hay detrás. Lo horripilante de todo esto son las cámaras que nunca deberían haber entrado en el "juego". Porque, sobre todo, lo peor es el daño que se le puede estar haciendo a esta chica, que debe estar reviviendo sus peores pesadillas, las que le han hecho pasar miedo, vergüenza, pena, odio, etc, ante un pasado imposible de cambiar y complicadísimo de entender. No olvidemos que hubo un tiempo en el que se acusó a su madre Isabel Pantoja de haber "comprado" a la niña y que ella se enteró de que fue adoptada por los niños del cole.

No he querido ver ese programa de televisión que siguiendo el juego de la desfachatez de la revista, entrevistó igualmente en un plató a la presunta madre de nacimiento.

La indignación y la rabia me lo han impedido.

Si Isabel hubiera querido ese abrazo de esa madre, lo hubiera podido tener porque lo hubiera ido a buscar. Puede que no estuviera preparada para eso aún o que no lo esté nunca. En los procesos de búsqueda de origen los expertos recomiendan ir con pies de plomo. Utilizando sistemas de mediación entre las familias. Y siempre siendo la persona a la que un día adoptaron la que dé el primer paso. 

Cuando ambas partes se ponen de acuerdo, se puede producir el encuentro. Porque puede ocurrir que la otra parte sea la que no quiera, por motivos equis. O no quiera en ese momento.

Está claro que esa madre biológica desconoce por completo la forma adecuada de abordar este asunto y no la podemos culpar por ello. Se ha dejado llevar por la emoción y por lo que hayan podido ofrecerle estos medios.

Es un tema muy sensible que no se debe ni se puede abordar de la forma en que lo han hecho estos señores.

Por ello han surgido varias voces denunciando este hecho, voces que tristemente no tienen el eco de estos grandes medios de masas, pues no son tan "mediáticas" ni venden ningún titular. Voces como la de la asociación La voz de los adoptados, formada por personas adoptadas adultas cuyo principal objetivo es "sensibilizar y proteger el derecho de las personas adoptadas y especialmente de las menores".

Aquí un extracto del comunicado que han emitido:

"Resulta paradójico que en su artículo se escandalicen de que en el momento de la adopción de esta joven alguien publicase su nombre de origen en un periódico, algo contrario toda norma, y ahora ustedes hagan lo mismo, dando a conocer a toda la opinión pública algo que pertenece única y exclusivamente a la intimidad y privacidad de María Isabel Pantoja Martín (hija). Esta intimidad no puede ser violada por nadie, incluyendo a sus familias adoptiva y biológica, puesto que está amparada por la ley española 54/2007. Al constituir delito, deseamos y exhortamos a la justicia para que lleve a cabo su cometido en cumplimiento de legislación vigente.

(...)

La búsqueda de orígenes es un derecho reconocido de toda persona adoptada; en ninguna legislación se reconoce éste para las familias de origen y mucho menos para los periodistas que se han ocupado de pasar tres días con la presunta madre biológica de María Isabel Pantoja Martín (hija)".


Siento profundamente lo que está pasando porque nadie merece ser tratado así, independientemente de que haya decidido entrar en el mundo rosa por otros motivos.

Y siento como si me clavaran un puñal sólo de pensar en lo que puede venir ahora. Gente con la sensibilidad de una esponja de mar que se te acerca y te pregunta a bocajarro cosas tan lindas como ésta:

"¿Qué harías tú si te viene la madre de tu hija?"

"¿Sus padres viven? ¿tiene hermanos?"

"¿Por qué la abandonaron?"

Por favor, un poco de respeto.






viernes, 9 de octubre de 2015

Se lleva y no se lleva


Se llevan las fotos de famosas con la cara lavada. Como si alguien les hubiera dicho que así la gente las va a querer más.

Las fotos de madres enseñando sus marcas de embarazo o su rostro cansado. Como si algunas le plantaran cara a la supuesta belleza de la perfección, que es la más imperfecta de las bellezas.

Se llevan las citas patéticas de políticos ídem en twitter. Diciendo cosas absurdas, intentando parecer más cercanos, más humanos. Se llevan los políticos bailando en la tele, en un país nuestro cada vez más americanizado, cada vez más marketinizado, si es que esa palabra alguna vez llega a existir. Y me perdonen.

Los textos reivindicativos de la vida en pareja sin vivir en pareja. Quiero estar contigo y seguir siendo YO. Déjame vivir a mi manera, sin sentirme atado a ti. Permíteme tener sexo contigo, de ese salvaje que se hace en las películas con tanto glamour y que no tiene ni una toma en falso, nada que deje intuir lo poco estiloso de nuestros intercambios carnales. Consigue que crea que el amor no me liga a ti, que si te vas, no pasará nada porque otra persona llegará mañana y yo soy sólo amante de la vida.

Las causas solidarias están, tan triste, de moda: por los refugiados, los niños con enfermedades raras, los animales, las plantas. Millones de fotos y textos se comparten cada día por miles de causas. Nos sentimos mal, queremos hacer más, podemos hacer más. Y le damos un like.

Se llevan también frases que abogan por la felicidad, el amor, que no la guerra, la alegría. Buen rollo, sonríe, feliz lunes-martes-miércoles, la vida es maravillosa (a pesar de los niños muertos y los desahucios).

Los chistes cabronis, el humor ácido, las viñetas que denuncian a los jetas. 

Los vídeos de gente que enseña a hacer pulseras, libros de scrap, tartas alucinantes, trenzas super cool, a cambiar una rueda del coche o a cambiar de rumbo. Si quieres cambiar tu vida, pincha aquí. Como si cambiar de vida fuera algo urgente y necesario. 

Pobre seres infelices que viven una vida de mierda mientras que les obligan a sonreír a todas horas.

No se lleva nada el mal humor (excepto si conduces) o increpas a un político o banquero. Las lágrimas (a no ser que llores por una desgracia ajena). Las palabras que nunca debes pronunciar en una anuncio de la tele. 

No se lleva el silencio. La calma. El no estar en todas partes, a todas horas, haciendo todas las cosas posibles para DISFRUTAR de la vida.

No se lleva el "siempre" o el "nunca" ni el bien y el mal. Sí lo que está en medio, lo que muta, lo que hoy dije mañana puede que no sirva. 

El mundo gira alrededor de unos mientras que a otros les pasa por encima.

Érase una vez un cuento que no nos creemos y que seguimos contando en bucle. Un día sí, un día más.

Hoy tengo mucho que celebrar

Hoy cumplo 42 tacos y lo voy a celebrar


























Hoy cumplo 42.

15.340 días aproximadamente. 368.160 horas. Veintidós y pico millones de minutos.

En este tiempo he recorrido unos 77.000 kilómetros, sólo en los viajes entre Murcia y Madrid. En 24 años.

Y unos 100.000 en mis viajes a Francia en los últimos dos años.

Más todas las distancias recorridas por trabajo o placer que me han llevado a:

> Mallorca a los 13, aquel lugar que nunca olvidaré. No por aquel chaval de 19 del que creí enamorarme. Sino más bien por un infortunado episodio con las que entonces eran mis muy mejores amigas que siempre he querido olvidar, sin éxito. Hoy día no sé nada de ellas,

> Italia (Roma, Florencia, Venecia, Pisa, Milán) a los 16. Aquel viaje en el que sí me enamoré, esta vez sí, y compartí momentos memorables con los que entonces fueron mis amigos. Muchas risas, mucha amistad, mucha diversión. Allí probé el whisky y allí juré que no volvería a tomarlo. Como así ha sido.

> Segovia y Cáceres a los 18. En la primera probé el cochinillo y en la segunda descubrí lo que era dormir en un saco. Mi primer y único campamento de verano.

> Ávila y Sevilla a los (casi) 19. Aquella Expo del 92 que tantas alegrías y penas trajo consigo. Nunca había estado en un camping antes. Fue traumático. No por el camping en sí, sino por lo cutre que fue encontrarte tu tienda a las 4 de la mañana ocupada por otras personas.

> Elizondo (Navarra), San Sebastián y Toledo a los 20, viaje de paso del Ecuador, un poquito sui generis sí. Fue un viaje memorable. Mucha lluvia y mucha conversación hasta altas horas de la madrugada.

> Fuengirola (Málaga), Marbella y Granada a los 22. Con los mismos que crucé El Ecuador me fuí de viaje de fin de carrera. Épico. Nos faltó quemar el cuaderno de viaje.

> Bilbao a los 23, de finde gatronómico. Londres. Mi primer finiquito (fuí yo la que me largué, que conste) sirvió para mi primer viaje a un país anglo parlante. Y de paso visitar a mi amiga y compañera de piso que por entonces llevaba 1 año por allá. Y se quedó 14.

> Barcelona y Valencia a los 24, trabajo y trabajo. Lisboa, un regalo que se me ocurrió para mi partneire. Fue un desastre de viaje aunque algo debió de gustarle porque aún sigue conmigo,

> Córdoba y Ceuta a los 25. Por amor, todo por amor. Y por la maldita mili.

> De nuevo Granada, Sevilla y Bilbao. De nuevo el amor, y las bodas que me llevaron a Tudela (Navarra).

> Londres again, para mejorar el inglés.

> Tenerife a los 26 (y La Gomera), Salou (Tarragona). Todo vacaciones.

> Viena y PARÍS por fin, el año siguiente. También Huesca.

> Venecia siempre apetecible y Las Islas Griegas, Croacia, a los 28. Luna de miel.

> Lanzarote a los 29. Segunda luna de miel.

> Cuenca. Aniversario de bodas.

> Galicia con 31, NUEVA YORK dos años después. Tenerife por segunda vez a los 34. Amsterdam.

> ETIOPÍA en 2009. El gran viaje que nos acercó a nuestra hija pequeña. El más importante de todos. Tan deseado por tanto tiempo. Antes fuimos a París (por aquello de despedirnos de los viajes a dos). Después a Nueva York.

> Asturias, Cantabria, Ibiza, Logroño, Pamplona, A Coruña, Las Palmas, Oporto.

> París este mismo año, Mérida, Lyon, Girona, Barcelona...

Me queda tanto por recorrer todavía. Tantos sitios que visitar, tantas ganas de conocer, tantas calles que pasear, cafés que tomar, cervezas que disfrutar, fotos que tomar, historias que descubrir y, por supuesto, sitios que repetir. Ya te habrás dado cuenta que me van las segundas oportunidades.

No tengo tiempo que perder.

Y porque no he dicho nada sobre todo lo leído, sobre todo lo pensado y soñado, visto y escuchado. Sobre todos los amigos que tuve, y que amé como si fueran para siempre.

Hoy tengo mucho que celebrar. Puedo sentirme orgullosa de todo lo vivido y avanzado. De todas las experiencias que atesoro. No de las pertenencias. Pues eso no me importa tanto. Podría prescindir de casi todas ellas.

No tengo "cosas" que perder.

Sólo personas, personas y afectos. Personas y momentos. Eso es lo que de verdad me importa. lo que de verdad me importará mañana. Las cosas puedo perderlas, que no pasará nada.




martes, 29 de septiembre de 2015

Cosas que me hubiera gustado tener


Dinero para comprar chuches en el quiosco de Lachica, una señora muy mayor, o al menos muy arrugada, que regentaba uno de los negocios más golosos para los ojos de un niño de los 70 y 80. Tenia una amiga a la que sus abuelos le daban la paga casi diaria, una amiga con la que iba de casa al cole y del cole a casa de forma habitual. Ella solía gastarse los dineros en aquel lugar. Jamás compartía su botín.

También quise siempre tener un hermano mayor, todo será porque los tuve pequeños. Y una hermana pequeña. Creía que tener un hermano mayor era como tener el primo de Zumosol sólo que mucho mejor. Todo el día en casa sólo para mí. Y que con una hermana pequeña podría jugar a las muñecas y a las profesoras mandando yo todo el rato. Me gustaba mucho eso de llevar la voz cantante.

Quise, cómo no, tener mi propio amor de Verano (Azul). Mi propio Javi particular. No llegué nunca a eso porque la mayor parte de estíos de mi infancia sucedieron en mi barrio de los inviernos. Y allí no había nadie del que enamorarse en verano, todo el mundo se iba a la playa.

Me hubiera encantado ir a un concierto de Hombres G cuando era adolescente y no me dejaron. Después acabaron cayéndome mal, hasta que resucitaron al calor de la moda vintage y eso me hizo mirarles con ternura. La que da mirar hacia tus trece años con una mezcla entre vergüenza ajena y nostalgia.

Hubiera querido el desparpajo de una de esa chicas populares que hablaban mucho y no se cortaban por nada, que iban por la vida sin que nadie pareciera turbarles lo más mínimo, sin miedo, sin preguntas. Con el tiempo descubrí que todas ellas tuvieron un destino más bien poco afortunado, que jamás querría para mí.

Hubiera querido tener un primer amor verdadero para siempre jamás. Creía en los cuentos de hadas y por eso me di varios tortazos contra mí misma. Afortunadamente el tiempo te hace descubrir que los cuentos que no hablan de hadas, ni de príncipes, ni de reinos, son infinitamente mejores.

Quería con todas mis fuerzas conseguir un trabajo mientras estudiaba la carrera. Lo conseguí en cuarto curso, me pagaban una miseria y me levantaba a las 5:30. ¿Valió la pena? Decididamente no creo que tanto esfuerzo me sirviera para mucho más que para enseñarme lo sacrificada y perra que es la vida adulta. 

Quise vivir en Australia.

Recorrer el mundo en caravana.

Ganar el Premio Planeta a los veintipocos.

Ser bailarina.

Trabajar en la ONU.

Vivir junto al mar.

Algunas de estas cosas ya no podré tenerlas. Otras nunca se sabe. 

¿Te has parado a pensar en esas cosas que te hubiera gustado tener a ti?











jueves, 24 de septiembre de 2015

Las razones por las que quise tener hijos

La primera vez que sentí eso que yo pensé que era el instinto maternal tenía unos cinco años, y más o menos coincidió con la llegada de mi primer hermano a casa. De repente los bebés me parecían seres adorables y quería cuidarlos, besarlos y abrazarlos a todos y cada uno de ellos. Como era muy tímida, no me atrevía a hacerlo, ni siquiera les hacía carantoñas. Como al poco empecé a sentir celos de mi hermano, el instinto se me pasó rápido.

La primera razón por la que quise tener hijos era porque me parecían mucho más divertidos los bebés  de verdad que los nenucos.

Cuando tuve a mi segundo hermano ya tenia 9 años y medio. Este dato, unido al hecho de que siempre se me ha considerado "muy madura para mi edad", hacía que mi madre delegase en mí ciertas tareas de la crianza. Eran otros tiempos. El instinto afloró de nuevo. Me sentía tan mayor cuidando del renacuajo de mi hermano... Eso sí, en cuanto comprobé que todas las tardes de mi verano tenía que estar colgada del bebé, el instinto se largó con viento fresco.

La segunda razón por la que quise ser madre era porque comprobé lo bonito que es ser capaz de proteger a alguien.

El tiempo fue pasando y llegó mi adolescencia. De vez en cuando me quedaba al cuidado de mis dos fierecillas de hermanos. Sufrí mucho porque jamás me hacían caso en nada. Iban a su bola y yo tenía cero autoridad. Era como la delegada de clase que intenta que los niños se queden callados mientras la profe sale un momento del aula.

La tercera razón por la que deseé tener descendencia era para que alguien me hiciera caso de una vez. Inocente era un rato, pues con el tiempo descubriría el poco caso que pueden llegar a hacerte tus peques.

Después me fui de casa. Lejos. A estudiar la carrera. Fueron años locos donde las únicas veces que me imaginé siendo madre sentí escalofríos. ¿Quién piensa en todo eso mientras está estudiando en la Uni y disfrutando de su vida de estudiante en piso de estudiante con horarios y preocupaciones de estudiante? Pocos.

Tuve varios novios rana. Y unos cuantos ligues que no eran ya rana, sino asquerosos sapos con papada. 

La cuarta razón que me hizo plantearme la maternidad fue el hecho de creer que un hijo me querría por encima de todo, incondicionalmente, tal y como era yo, al menos hasta cumplir los 14 años.

Entonces llegó mi príncipe, que no era azul, pero que era majete, buena planta, educado y culto. Lo mejor de todo es que me dijo que me llamaría y lo hizo. Me dijo que me quería unos meses después y me quiso, aún me quiere, que yo sepa.

Yo no pensaba entonces más que en living the love, salir, viajar, y esas cosas de la juventud. 

Y entonces un día se nos ocurrió casarnos. Con bodorrio y todo, a lo grande. A lo loco, tras vivir en pecado un tiempo.

Y no sé si fue la influencia de las pelis de cine de barrio, el reloj biológico o que recibimos varias visitas seguidas de amigos con nenes muy pequeños, tan adorables como mis hermanos los de arriba.

La cuarta razón por la que quise ser mami fueron las ganas irrefrenables de achuchar a mi propio hijo, de comérmelo a besos, de cantarle nanas, de echarle colonia Denenes, de llevarle en brazos, de alimentarlo, de comprar toda esa ropa preciosa de los catálogos infantiles, de contarle cuentos, de que me contara cuentos, de enseñarle a ser persona, una buena persona, de hacerle reír, de escucharle, de crecer a su lado, de estar ahí siempre para poder darle la mano al caer.

A los trece meses de estos pensamientos nació mi primogénita.

Tenía delante de mí todas las razones, incluso las sinrazones, posibles.

Pero no fue suficiente. Quise más. Quisimos más. Quisimos repetir, aunque de una forma diferente. Le empecé, bueno más bien empezamos, a dar vueltas a una idea loca. Adoptar. 

La quinta razón por la que quise ser (de nuevo) madre fue porque creía que había demasiados niños desamparados en este mundo. Y yo sentía por dentro la necesidad de traerme uno para casa. Y convertirlo en mi hijo o mi hija. Nuestro hijo o hija. Su hermano o hermana. Darle mimos, achucharle, criarle, quererle, crecer con él o ella, hacerle fuerte, acompañarle en su vida, permitirle crecer en una familia que, supuestamente, no tenía. Bien por haberla perdido o por otros motivos. Crecer en familia, un derecho de todos los niños que desgraciadamente no todos ejercen.

Tras haber sido madre de estas dos maneras, he reflexionado mucho sobre el hecho maternal, sobre lo que significa la maternidad para mí. En este blog podrás leer mucho al respecto.

Y hay, por supuesto que las hay, muchas más razones, la mayoría de las cuales he ido averiguando a lo largo de los años. Como el disfrutar del milagro de la vida y de la maravillosa inocencia de la infancia, así como el poder hacer el tonto en público junto a tus hijos sin que nadie te tome por gilipollas. O te tome por gilipollas pero te importe un pepino. 

También, cómo no, está ahí ese motivo lugar común de pretender que los hijos vivan más felices de lo que fuimos nosotros. Y no me refiero por tener a su alcance más chuches o más cacharros. Sino por tener a su disposición muchas más posibilidades de las que tuvimos nosotros, y poder probar y elegir aquello que realmente les haga ser ellos mismos y sentirse en paz con el mundo.

Hay razones que aún no he descubierto y que sé, me esperan en algún cruce de este camino, de este difícil y arriesgado, a la vez que grandioso e inefable viaje. El más espectacular de mi vida.




martes, 22 de septiembre de 2015

No es tu culpa

"Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie".

Concepción Arenal


No es tu culpa que el día haya amanecido gris y que sea un miércoles insulso de mierda.

Ni que la gente vaya nerviosa en la carretera y te adelanten por la derecha, sin mirar, pitándote sin parar.

Ni que te duela la cabeza por el cambio de tiempo, el hormonal o el de armario.

No es tu culpa, tampoco, que los niños te pusieran nerviosa esta mañana porque se tiraron la leche encima, y que no tuvieras más remedio que pegar unos cuantos gritos que escucharon los vecinos de enfrente, mientras salían a pasear al perro. No lo es que olvidaras, por todo ello, meterles el desayuno en la mochila y guardar en el bolso el cable de tu portátil. Ni que te echaran la bronca los de marketing porque el día anterior enviaste un mail sin el archivo adjunto que iba a ser usado a las 9:00 horas de Hong Kong para una presentación muy importante

No es tu culpa ni siquiera que casi atropellaras a ese señor que se ha lanzado al paso de cebra sin mirar. La gente es una inconsciente. Se creen que nunca les va a pasar nada.

No es tu culpa que tuvieras que aparcar tan cerca del coche de al lado, de manera que tu compañera de trabajo haya tenido que salir de su vehículo por la puerta del copiloto.

Ni que hayas pasado sin saludar por los pasillos. Ni que le hayas soltado un bufido al becario porque nunca se entera de nada.

¿Culpable por no haber llamado a tu madre para preguntarle qué tal el médico? Es que llegas agotada a casa y la memoria te falla.

¿Culpable por tomar pasta con queso en la comida? Es que hoy te sientes sin fuerzas.

¿Culpable por haber perdido el tiempo con facebook en horas de trabajo? Es que necesitabas evadirte un poco del estrés del día.

Y si llamas a tu suegra para que te recoja a los nenes del cole, es porque te pusieron una reunión a última hora.

Cuando por fin llegas a casa, decides que el día se ha acabado por hoy, que no piensas mover un dedo más, y que para cenar pedirás una pizza. No es tu culpa, querida mía, que la nevera sólo contenga un tomate seco, margarina, leche y un medio pimiento.

Mañana será otro día. No te tortures.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Cagarla o no cagarla con los hijos


No puedo más.

Lo confieso. Me siento abrumada por la enorme cantidad de información que existe ahora acerca de la maternidad y la paternidad.

Lo peor es que no sé cómo, siempre acabo leyendo esos artículos que pululan por la red del tipo: "lo que nunca debes decirle a tu hijo", "8 maneras de cagarla emocionalmente con tus hijos", "10 consejos para fomentar la autoestima de tu prole" o "el día que aprendí a respetar sus ritmos". Los leo y releo, pues casi siempre el concepto es el mismo, pero me quedo igual que estaba.

Desesperada, agobiada y sin respuestas sobre cómo afrontar mi propia maternidad y mis propios conflictos familiares. Como si cada cosa que hago sólo estuviera contribuyendo a una cagada monumental-maternal de libro.

Todo suena muy bien sobre el papel. Todo eso de tratarles como lo que son, no enfadarnos con ellos porque derraman la leche o se ponen perdidos de chocolate, dejar de gritarles porque se paran a mirar las hormigas mientras nosotros llegamos tarde al curro, prestarles atención de la buena, respetar sus opiniones y gustos, darles espacio, etc, etc.

Pero, a la hora de la verdad, la vida es mucho más que todo eso. El día a día está plagado de momentos críticos, instantes en los que toda calma puede convertirse en tormenta y dejarlo todo arrasado a su paso. Porque seamos francos, no todas las tensiones del hogar viene provocadas porque nuestros angelitos son angelitos y nosotros somos pobres ignorantes adultos sin compasión metidos en una burbuja de prisas, consumismo y estrés por llegar a todo.

En mi casa esto de las tormentas sucede fundamentalmente en dos situaciones: las interacciones entre las hermanas  y la hora de los deberes de la pequeña.

Teniendo en cuenta que esto sucede a diario...tiemblo de pensar en lo que se me vuelve a venir encima. Maldita rutina.

Se junta todo. El mal de genio de una y de otra, dependiendo del instante del día. Las susceptibilidades de ambas por aquello de "me ha empujado-rozado-pegado aposta". Los celos. El cansancio, el estrés por tener que hacer todo lo que hay que hacer antes de irse a la cama (pronto que al día siguiente hay que madrugar), el "quiero contar todo lo que me ha pasado hoy" y yo "quiero preguntarte un montón de por qués", todo al mismo tiempo.

Total que al final estamos siempre empantanados con alguna discusión que nos lleva a estar de mal rollo. Y esto no puede ser. Tiene que acabarse este ritmo porque si no, me acabaré yo misma, que me va a dar un jamacuco en medio de este descoloque de mes de septiembre. Porque menuda vuelta al cole que llevamos. Entre colegio de primaria sin clases por la tarde por un lado e inicio de instituto (situado en otro barrio, no digo más) por otro, cada noche siento como si me hubieran sacudido por la ventana cual alfombra. Y eso que aún no hemos entrado de lleno en el curso.

Lo que peor llevo, y ya no sé qué más trucos inventar ni qué nueva teoría maternal probar para mejorarlo, es lo del mal genio .

¿Qué más puedo hacer? Aparte del diálogo, del predicar con el ejemplo y de premiar su buen comportamiento, sin castigar el malo (a no ser que la cosa se vaya de madre) no me quedan muchas más opciones. ¿O sí?

Si alguien en la sala ha escrito o leído algún método nuevo que me pueda servir para gestionar la ira infantil, que me lo diga por favor. He intentado usar la peli de Inside Out como guía y, de nuevo, ha sido en balde.

¿Soy yo la única que se siente un poco perdida en este mar de información?


lunes, 7 de septiembre de 2015

Diviértete, diviérteles


Levanta el ánimo, sonríe, ríe a carcajadas.

Hoy puede ser un GRAN día.

Dilo en Twitter, pregónalo en Facebook. Sube tu mejor cara a Instragram.

No te quejes.

Escribe posts divertidos, ya sean personales o de la empresa a la que gestionas las redes sociales.

La gente quiere divertirse. No sólo las chicas de Cindy Lauper.

El mundo es una gran feria donde se busca la felicidad a través de la risa y la despreocupación.

Si no ríes, si no haces reír, estás muerto socialmente.

Bueno, puedes tener un mal día, como cualquiera, pero ni se te ocurra ser aburrido, ni se te ocurra no ser "guay".

Qué diría ahora Neil Postman si volviera a escribir su mítico libro "Divertirse hasta morir". Si la televisión cambió por completo la forma de entender el mundo y lo volvió todo banal, irrelevante e incoherente, como él predicaba, ¿qué podemos decir de las redes sociales? ¿En qué han transformado el mundo más allá de aquellas famosas primaveras?

Si existe un día de la felicidad, ¿por qué no existe una día de la tristeza? ¿qué hay de un día del aburrimiento? No lo digas ni en broma.

Está muy bien reír y estar contento. Mueve no sé cuantos músculos de la cara y se activan cosas en el organismo que revierten en una mejor salud. Claro que sí.

Sin embargo, ¿todo el día? ¿a todas horas? No es normal, no es natural, no debe ser ni sano.

Seamos, ante todo, lo que nos apetezca y lo que sintamos por dentro. No sé si nosotros mismos. Ser uno mismo está sobrevalorado.

Seamos sin más.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Los otros niños que podrían ser tuyos


A veces creo que me va a estallar la cabeza en este mundo loco. A veces va y me estalla, sin hacer ruido, sin producir manchas ni nada, en ese otro mundo de la metáfora en el que me gusta pasearme.

Noticias de gente que roba. Noticias de gente que mata. Noticias de gente que hace el idiota. Noticias de injusticias. Noticias de gente que muere.

Noticias de gente que huye. De niños que huyen. De gente que muere. De niños que mueren.

Y de pronto una foto. Y como si esa foto fuera una bomba que nos estalla a todos en los ojos de golpe y nos moviliza los dedos sobre los millones de teclados del mundo, todos (los que tenemos teclados, los que tenemos mundo) nos lanzamos a decir cosas por ahí. Millones de gigabytes de información corretean por los cables y las ondas inundando nuestros muros de culpa, de rabia, de indignación, de lucha, de compasión, de tristeza, de ira. Unos se arrojan contra los otros: los gobiernos, el sistema, los ricos, los vecinos que sacan la basura a deshora. Todos los que parecen no levantarse a gritar por las ventanas que este planeta está enfermo, que todo esto es una vergüenza, que basta ya vivir nuestra vida de yupilandia y que dejemos de quejarnos de una puñetera vez de nuestras gilipolleces.

"Es que ese niño podría ser el tuyo"

No me sentí identificada con la foto porque soy madre de dos niñas. Obviamente sí empaticé con el padre y se me cayó el alma de los ojos, como a media humanidad.

En cambio, cuando veo a esos otros bebés africanos, que cruzan las aguas a veces solos, porque sus madres o padres han muerto en el viaje o directamente les han enviado sólos con un conocido, sí que siento "podría ser mi hija".

Pero no. Este escrito no va de eso. Yo no soy mejor que tú porque no me olvide de los otros refugiados o de los que son inmigrantes. Los que vienen de África y se parecen menos a nosotros, los blancos. Ni peor porque el niño en la playa no me recuerde a mis hijas. Si hubiera sido una niña de 11 años blanca o una nena negra de 6 estoy segura de que me hubiera pasado.

Esto va de otra cosa.

"Es que estos son como nosotros y viven aquí al lado"

Siria (según Wikipedia) posee una población de 20 millones de habitantes, la mayoría de los cuales hablan árabe. Además, la mayoría de la población profesa el islam, siendo el sunismo el grupo musulmán mayoritario. Entre los musulmanes no sunnitas en Siria están los drusosalawitas y chiitas. Hay en Siria minorías de las etnias asiriaarmeniaturca y kurda junto a miles de refugiados palestinos.

No, no se parecen tanto a nosotros. ¿Y qué si no se parecen? ¿Vamos a ayudarles más si se parecen o darles de lado si no se parecen o vienen de, pongamos, China?

Es terriblemente triste que haya sido una foto la que nos haya hecho mover las tripas. No por la foto, claro está. 

Pero lo más descorazonador de todo no es eso. Es el pensar que esto seguirá ocurriendo, que sigue ocurriendo, que cada minuto no sé cuantos miles de personas empiezan a huir de su vida en busca de otra mejor.
Y que la Tierra, ese planeta Madre que nos presta su espacio temporalmente, se encuentre dividida por culpa de los humanos en cientos de territorios con sus fronteras y sus muros. Sería ingobernable si no. Qué hubiera sido de nosotros si los antiguos no hubieran ido invadiendo terrenos y poniéndole nombres y fronteras, sin los romanos, sin los vikingos, los bárbaros, los reyes y emperadores de antaño, sin los descubridores de América, sin los exploradores de África. Toda esa gente que contribuyó a hacer de este pobre mundo lo que es hoy. Un mundo civilizado, tremendamente avanzado e hiperconectado, capaz de visitar el espacio  y de volar por los cielos por menos de lo que cuesta dar de comer a una familia de cuatro en McDonalds.


Lo dicho, a veces la cabeza me estalla y escribo cosas.



martes, 1 de septiembre de 2015

Soy una Madre, y punto.


Hace unas horas, mientras comía, me llegó una supuesta declaración de Sandra Bullock acerca de su maternidad a través de Facebook, ese inmenso país de más de 1.600 millones de almas.

Ella dice algo así como que está cansada de escuchar que su hijo, al que adoptó hace unos cinco años, no es su hijo por no ser de su sangre y también está harta de que la llamen siempre madre adoptiva.

Sé que el escrito de Sandra Bullock iba dirigido a conseguir otro fin distinto que el de abrir los ojos a la gente, y a conseguir firmas para que dejen de ponernos la etiqueta a las familias que nos hemos formado mediante la adopción. Iba destinado a sensibilizar sobre la adopción de perros, loable fin igualmente, aunque a mí no es lo que más me ha impactado de sus palabras.

"I'm a Mother. I need no other label or prefix".
(Soy una Madre. No necesito ninguna otra etiqueta o prefijo)

Yo también estoy cansada, hasta el infinito y más allá, de esa etiqueta. De ser para muchos una madre adoptiva. De ser una madre adoptiva que, además, es madre biológica.

Esa continua distinción que hacen los medios de comunicación. Lee si no cualquier artículo de la familia Pitt-Jolie y verás que siempre remarcan el hecho de que algunos de sus hijos son biológicos y otros adoptivos. Y no sólo los medios, sino también la gente de tu alrededor. Puede que muchas veces lo hagan en voz baja, aunque otras no tienen ningún pudor en comentarlo de viva voz. Muchas veces por desconocimento y otras por falta de sensibilidad.

"Ella tiene además otra hija suya", dijo el otro día sobre mí una persona de mi entorno. Quise decirle algo, pero me contuve. Lo dicho, estoy cansada y además, estoy en una etapa de mi vida en la que quiero "dejar ir" las cosas. Relativizarlas para que no me duelan. Tampoco es tan importante corregir a esa persona, que además es extranjera y puede que ni siquiera sepa expresarse bien en mi idioma. Respira. Hondo. Venga va, déjalo estar.

Estaba sola, sin mi hija delante, porque claro, de no haber sido así, no hubiera podido dejar pasar estas cosas, porque a la que le duelen es a ella. Y además, ella no tiene la capacidad de un adulto para comprender estos matices del habla. Ni para gestionar las emociones que le provocan.

Las palabras pueden parecer inofensivas cuando en realidad son bombas de relojería que pueden hacer más daño que pegarse con el pico de un mueble en la espinilla. Mucho, mucho más.

¿Cómo crees que puede sentirse mi hija pequeña cuando escucha cada poco frases de este tipo? Porque no sólo escucha lo que me dicen a mí o lo que yo digo cuando está delante. Escucha lo que dicen los vecinos en la piscina, los niños del parque, los padres del cole, los compañeros de clase, los profesores, los abuelos, los primos lejanos y una señora que pasea por la playa y le toca el pelo porque le encantan los rizos afro. Sin contar lo que sueltan en la tele, en las películas, anuncios, etc. Porque leer revistas o internet todavía no. Ya llegará.

Los niños como ella tienden a compararse de forma constante con sus hermanos biológicos, y sienten, en ocasiones, que no forman parte realmente de la familia porque en realidad tienen otra en algún lugar lejano, Y porque no comparten rasgos físicos contigo. Lo sienten y no lo dicen, al menos no a menudo. Lo demuestran en la forma de comportarse, en lo que dicen, en lo que callan.

"¿Por qué a ella la dejas hacer eso y a mí no? ¿Yo también estoy guapa? ¿Y yo, qué? ¿Y yo qué? ¿Y yo qué? Preguntas diarias que suceden cuando cometes el "error" de permitir que su hermana sea la primera en algo. En recibir un piropo, en servirle primero la comida, en pintarle las uñas. Cosas aparentemente sin importancia que para ella son un mundo. La comparación constante, el sentirse de menos. Por más que la alabemos, la abracemos, la besemos, le regalemos cosas, la dejemos tomar chicle, le leamos cuentos, le prestemos atención, le digamos que la queremos y la cuidemos de la forma que ella necesita. Que no es la misma que necesita su hermana y por eso no lo hacemos igual. Nunca una más que otra. Sólo distinto. Posiblemente lo estemos haciendo mal, como suele pasar en la maternidad-paternidad. Ahora bien, de nada ayuda que el ambiente se empeñe en ponernos zancadillas. Y mucho menos, etiquetas.


lunes, 31 de agosto de 2015

Cosas que me pasan cuando no duermo


Estás muy cansada. Sientes que tu cuerpo no da más de sí. Los ojos te pesan y los imaginas rojos y con ojeras moradas. Sin embargo tu mente...esa sigue ahí, dale que te pego, sin parar ni medio segundo. Por más que intentas rendirte en los brazos de Morfeo y sentir la felicidad del sueño que llega...maldita sea, el sueño no llega y no llega y no llega.

Entonces te da por pensar cosas terribles. Como que el mundo está lleno de infelicidad por todas partes, noticias tristes de gentes que mueren huyendo de la guerra en una apestosa bodega de barco o en un camión dirigido por hijos de su padre, que no les importa comerciar con la esperanza de quienes nada tienen, ni siquiera ya eso tienen. 

Otros que mueren porque les caen puñeteras ramas de árbol mientras ven jugar a sus hijos una tarde cualquiera. O porque una jodida enfermedad se cuela en sus vidas porque sí.

O de sinvergüenzas sin miramientos que sólo piensan en sí mismos cuando hacen política, o de gente maja, y no tanto, que ven como su casa se la queda el banco o tienen que hacer cola en Cáritas para poder alimentar a su familia.

Sí, no me da por pensar en cosas bonitas de la vida. Esas que solemos subir a las redes y compartir con el prójimo con la esperanza de un like. Será que soy algo agonías. Será que por eso no puedo dormir.

Las imágenes de la actualidad más inquietante, en medio de la noche cerrada y silenciosa, me hacen temer lo peor.  Imagino tragedias de todo tipo que me niego a reproducir aquí por aquello del "si aca".

Para huir de estos funestos pensamientos, cambio de canal y me voy al de las tareas pendientes. Mañana he de llamar por tercera vez a los de la tele, que se rompió hace un mes y nada, nadie parece querer venir a arreglarla. Y buscar a alguien que me ayude en casa, pues mi marido y yo ya no damos abasto. Y poner la lavadora sin falta, dos veces si puede ser. Y no olvidarme de coger la fruta para media mañana. Qué bien que me han quedado todas las cajas que he comprado esta mañana en Ikea. La casa parece un pelín más ordenada. Pero claro, tengo que pintar, y cambiar el suelo, y poner cortinas en mi cuarto y arreglar la puerta del lavadero. Por cierto, que mañana me toca ir a la farmacia a recoger aquello que dejé encargado.

Enciendo la luz y me marcho al salón. Me pongo a leer uno de los numerosos libros que conviven en mi mesilla de noche. Los ojos cada vez se me abren más en lugar de hacer lo contrario. Voy a la cocina y me tomo una pastilla de valeriana. De nuevo en el salón, hago la lista de la compra, y de la maleta que en tres día tendré de nuevo que llenar para un viaje de trabajo.

Me empiezo a poner muy nerviosa. Vuelvo al dormitorio y de camino miro a mis hijas que espero estén teniendo dulces sueños en ese momento. Mis hijas. Pronto empiezan el cole. De nuevo la maldita adaptación post-vacacional. Otra vez lo desconocido. El instituto para la mayor, lleno de incertidumbres. ¿Será un cambio tan drástico? ¿Cómo lo llevará ella? ¿Sabrá desenvolverse en este nuevo mundo? ¿Y mi pequeña? Comienza segundo de primaria, ¿se acordará de lo estudiado en primero? ¿Repetiremos profesora? Ojalá ocurriera un milagro. Por cierto que llamar al oftalmólogo.

El año va a ser duro, otra vez la rutina sin fin de colegio, trabajo, extraescolares, deberes, cenas, comidas...y entre tanto no te olvides de hacer deporte y comer sano, de arreglarte las uñas, el pelo, las cejas, las piernas...

Me incoporo de repente y apunto algo en un recibo del cajero:

"Pasta de dientes, leche y servilletas".






miércoles, 26 de agosto de 2015

La infancia



Cuando yo era pequeña los bocadillos de mortadela sabían a gloria bendita, con aquel pan de viena y ese tomatico restregao. Sabían a viernes de verano por la tarde, cuando nos dejaban salir a cenar a la fresca. Todos los niños en las escaleras que daban a los porches de las casas, sentados en hilera y hablando con la boca llena.

Las noches olían a los jazmines de la casa del maestro, un señor muy serio y muy culto que estaba casado con una maestra. Eran felices y tuvieron seis hijos. Eran los únicos con estudios en aquel micro vecindario de ocho viviendas, junto con el que luego sería mi profe de mates en BUP.

Cuatro casas a un lado, de dos plantas, otras cuatro casas enfrente, y en medio unos pocos metros cuadrados peatonales. Aunque de vez en cuando, un coche de gitanos pasaba por allí sin más, porque le apetecía, rugiendo el motor de forma feroz, mientras nosotros, los pequeños, corríamos a escondernos en los portales. Los mayores se enfadaban mucho.

La verdad es que fea no era Sabrina, las cosas como son

Un espacio donde jugábamos al pillao, el escondite, el cabreo, las Nancys, el pañuelo, el elástico, Los Ángeles de Charlie... Yo siempre era Sabrina, la más fea, porque mis primas eran muy mandonas y nunca me dejaban ser la guapa morena de pelo largo. Mis tíos y mis primos vivían en una punta de la calle y nosotros en la otra. Mi tía murió muy joven. Un cáncer de mama se la llevó por delante con apenas 33 años, dejando tres hijos de 11, 8 y 6 años. Era hermana de mi padre. Me enteré de todo con 8 años, en una tienda de refrescos en la playa de Los Alcázares, donde pasaba unas semanas con mis abuelos, porque dejamos a deber un envase de cerveza y, cuando fui a pagarlo, la tendera reconoció el apellido de mi padre en la esquela. Los abuelos paternos de mis primos se mudaron a vivir con ellos. Y su vida cambió para siempre. La mía quedó marcada por ese recuerdo de la tienda de refrescos, la tendera y las lágrimas.

Los gitanos vivían junto a nosotros porque un alcalde de la época los desalojó de no sé qué poblado y los llevó a nuestro barrio, supongo que para que convivieran con los payos. ¡Me pegaban cada susto! Venían detrás de mí corriendo diciendo cosas terribles, hasta que lograba que mi madre abriera la puerta de atrás (la de delante sólo se abría en ocasiones especiales) y entraba despavorida en casa. Ellos se reían.

Cuando yo era niña sólo había un tipo de patatas en el supermercado y los helados no se vendían por cajas. Cuando mi madre estaba de buen humor, nos compraba monas rellenas de barra de turrón helado de la panadería de Adolfo. En invierno me dejaba gastarme 25 pesetas (¿o eran 15?) en un donut o similar cuando iba a hacer los recados.

Íbamos andando al colegio que estaba a un kilómetro de casa y volvíamos igual. Sin padres, ni abuelos, ni cuidadoras de otros países. No había juegos ni tiempo compartido con papá y mamá, más allá del tiempo de la comida y la cena, que eran sagrados. Los deberes los hacíamos en soledad o en academias, con profesor particular si suspendías alguna. Las madres no daban abrazos y los padres no te contaban cuentos antes de dormir. Pero sí te daban un beso de buenas noches.

Cuando yo iba al cole, y aún no habíamos entrado en la UE, sólo había dibujos los sábados y domingos de 15:30 a 16:00 y, de vez en cuando, daban unos pocos sueltos entre programa y programa. Mis favoritos eran los de Super Ratón. Los viernes de invierno veíamos el Un, dos, tres en familia comiendo pipas.

Mi abuela llamaba por teléfono todos los sábados y a mí me encantaba cogerlo, ese góndola rojo del salón, y escuchar "hola preciosa", las dos mejores palabras de la semana.

Y entonces mi madre me acompañaba a mitad de camino de su casa, y ella, mi abuelica querida, salía a buscarme, y yo iba con ella a pasar el día, a veces todo el fin de semana. Y jugaba a mil cosas con mi prima, o no jugaba a nada porque tenía un libro o un tebeo super interesante entre manos. Cortaba el pelo a mis muñecas. Escuchaba cuentos en el viejo radio casette, siempre los mismos, una y otra vez. Desayunaba torrás hechas en la lumbre, con aceite y azúcar, tortas fritas o buñuelos. Siempre comía patatas fritas.



Y esa bolsa de gusanitos Risi, de a duro, guardada en un cajón del aparador del salón, que siempre crujía al abrirlo, comprada cada semana sin falta, una para cada uno de sus nietos, en la tienda de ultramarinos de toda la vida, la tienda de Emilio, que Dios tenga en su seno.