domingo, 2 de abril de 2017

Y si todo fuera azar


¿Dónde se guardan los papeles en los que  está escrito el destino? Si es verdad que lo está, no se me ocurre cómo debe ser la biblioteca que los guarde. El destino de miles de millones de humanos, uno por uno, a lo largo de los siglos. Y el de los animales, las plantas, la Tierra. No se me ocurre.

Las cosas suceden por una razón... que no tenemos. Buscamos los motivos detrás de todo, pensamos en que hubiera sido de nosotros si... Nos consolamos creyendo que somos parte de un plan de una instancia superior, llámese Dios o el Universo. Que estamos aquí por algo y para algo. Nos pasamos la vida buscando el sentido, los porqués, las fuerzas que nos llevan y nos traen.

¿Y si todo fuera puro azar? Lo pienso y la piel se me eriza de miedo. Lo pienso mucho. ¿Y si no hubiera razones, ni lógica, ni destino, ni “lo que tenga que ser tuyo será"?

Y si todo fuera un conjunto de casualidades cósmicas.

Si todo fuera simple y espeluznante azar.

sábado, 25 de marzo de 2017

Tienes derecho a equivocarte



Olvídate de que esté mal visto o de que casi nadie se atreva a decirlo en voz alta.
Tienes derecho a equivocarte, meter la pata, a cometer errores. No pasa nada por hacerlo, ni por decirlo.

Puedes tranquilamente pronunciar la palabra ERROR. ¿Pasa algo si lo haces? NO. Si la gente, ese grupo de personas siempre dispuesto a meterse con nosotros, y que en realidad somos nosotros mismos, piensa de ti que eres débil o que eres menos importante, ¿qué más da?

Tienes todo el derecho del mundo a hacer las cosas mal, incluso mediocres. La perfección es una patraña inventada para que nos sintamos siempre insatisfechos. Así consumimos más chocolate, más vino, más ropa, más trastos. Gastamos nuestro  tiempo y dinero en tener más, cuando realmente vamos teniendo menos.

Hacerlo mal está bien. Sentirte mal por hacerlo mal también. Aprender de los errores es bueno. No aprender y volver a caer en lo mismo, es normal.
Desde que existe esta explosión de pensamientos positivos y filosofías de la felicidad, y nuestras vidas simulan ser divinas, parece que nadie está dispuesto a reconocer sus fallos. No vaya a ser que dejen de seguirme o me critiquen, o  lo que peor aún, me ignoren.

No sé si el tiempo te hace más sabio. Quizá no. Lo que sí creo que me está pasando a mí, es que voy teniendo cada vez las ideas más claras. Y tonterías, las justas.

Metamos la pata sin miedo, tropecemos, cometamos errores, ¡con alegría! Todo menos quedarnos paralizados y sin mover un dedo para cambiar las cosas que no nos gustan o para hacer y decir las que sí.

lunes, 20 de marzo de 2017

Del sinsentido de exhibirnos en las redes sociales

No sé si será la edad o qué. El caso es que llevo días, semanas, meses, en los que cada vez me importan menos ciertas cosas que antes me importaban bastante más.

Como el tema de las redes sociales por ejemplo. Antes ocurría de forma esporádica, ahora me pasa a menudo que me pongo a escribir un post en Facebook o empiezo a subir una foto a Instagram y lo dejo a medias, o lo borro directamente.

Y es que me pregunto ¿para qué voy a decir esto? ¿A quién le interesa? ¿Cuál es el sentido que hay detrás de todo esto?
¿Soy consciente de que estoy regalando a grandes empresas información muy valiosa sobre mí para que puedan venderme más cosas?

Y es que si lo pensamos con detalle, exhibir nuestra vida en las redes es bastante absurdo, a mi modo de ver. Incluso cuando nos limitamos a compartir artículos que nos llaman la atención o a comentar noticias o vídeos virales.

Que si una foto cuando tenemos buena cara, otra cuando la tenemos lavada, otra sobre el lugar donde estamos pasando las vacaciones, o el puente, o el domingo por la mañana. Que si un comentario sobre no sé qué recuerdo de Facebook, que si felicitaciones de cumpleaños a todo quisqui, aunque haga 15 años o 20 que no le has preguntado qué tal. Ahora quiero contarle al mundo que estoy super contenta por el motivo equis y mañana que estoy fatal por el motivo y griega. Mientras tanto gente que no conocemos, o que no recordamos conocer (aparte de varios algoritmos despiadados) nos miran, piensan un segundo en nosotros, nos dan un Like (casi siempre los mismos) o no, comparten nuestra información en sus muros sin pudor, comentan en público o en privado, mientras no les oímos cosas del tipo: vaya, qué gorda o qué delgada o qué rubia, o qué mayor o qué joven, o qué cuqui, o qué plasta o qué sé yo.

Hay mucho de egolatría y postureo la verdad y ya me cansa. Me aburro de ver el de otros y me aburre ver el mío propio. Llevo un tiempo dándole vueltas y hace poco, cuando fui al teatro a ver por fin a mi admirada Sara Baras, me di cuenta de lo vergonzoso del tema. Antes de que comenzara la función, tres parejas que tenía delante, hicieron fotos del teatro y las subieron a Instagram. Yo iba hacer lo mismo y de pronto pensé, ¿para qué? ¿Para presumir? ¿Para que 10 ó 20 personas me digan que les gusta? ¿Por qué tenemos esa necesidad de documentar cada movimiento que hacemos? ¿No es mejor que esto quede solo para mi y mi pareja? Lo peor fue la gente haciendo fotos con flash en mitad del espectáculo para continuar con el momento "mira como mola lo que hago".

Mentiría si dijera que yo no soy así, reconozco que he pasado por una etapa de no poder dar un paso sin pensar si lo que iba a hacer tenía sentido colgarlo por ahí. Y no, no voy a cerrar todos mis perfiles en un ataque de conciencia extrema. No creo que lo haga. Al menos no a corto plazo.

Lo que sí quiero hacer, una vez tomada conciencia de la verdadera naturaleza de las redes y del sinsentido de la exposición  constante, es racionalizar mucho su uso, limitarlo a actividades no tan personales y más relacionadas con la escritura o con los temas universales que me preocupan, y  reducirlo a la mínima expresión.

Y dedicar ese tiempo a cosas mucho más enriquecedoras como tener una charla en persona con alguien, escribir, pasear, leer, hacer deporte, cocinar o salir a tomar el sol de la primavera que hoy se estrena. En definitiva, vivir la vida.

domingo, 12 de febrero de 2017

Chica, 13 años y pasa los sábados en la Universidad haciendo Mates


Mi hija mayor cursa 2° de la ESO. Hasta hace dos años las matemáticas eran una asignatura más para ella. Sacaba buenas notas como buena estudiante que es,  y ahí quedaba la cosa. No era su asignatura favorita ni mucho menos.
Cuando empezó la secundaria le tocó en suerte un buen profesor de matemáticas, uno que motiva a los niños y les hace amar una asignatura que en principio suena a algo muy difícil y un poco rollo. Él dice amar esta materia y como tal imagino que contagia a sus alumnos. Al menos lo ha hecho con mi hija y con muchos de sus compañeros, para quienes sacar menos de un 7 es un dramón de proporciones catastróficas.
Nunca he ido a una de sus clases aunque​ me gustaría. Para mí es algo mágico que un profesor logre inculcar en sus estudiantes la motivación y las ganas de aprender, cada día más, con nuevos retos.
Tanto le entusiasmaron las mates a L. que el curso pasado se presentó a un examen para lograr ser admitida en el programa Estalmat.
Hace casi veinte años que se creó esta iniciativa por parte de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.  Estalmat significa Estímulo del Talento Matemático y su objetivo es "detectar, orientar y estimular el talento matemático excepcional para estudiantes de 12 y 13 años  sin desarraigarlos de su entorno".
Cada sábado mi hija tiene la suerte de participar en el programa de Madrid. Madruga y se va a la Facultad de Matemáticas de la Universidad Complutense, a hacer problemas de mates con otros 24 niños de su promoción y con los profes que forman parte de este interesante programa, donde los adolescentes aprenden álgebra, geometría y cálculo, entre otras cosas, de una forma divertida. Tres horas cada sábado, que son para mi hija de las mejores de toda la semana. El programa se inició en Madrid y ahora se imparte en muchas otras comunidades como Cataluña, Castilla León, Castilla La Mancha, Canarias, Andalucía y Galicia.
La intención última de todo esto es aumentar el número de vocaciones por las matemáticas y, en general, por las carreras científicas, con el fin de aumentar el nivel de nuestro panorama científico en España.
Supongo que no es suficiente, que debería haber más proyectos de este tipo y que su extensión debería alargarse más allá de los dos años. Además, sería fabuloso que todo ello se complementará con programas para incentivar y promover la ciencia entre las niñas, porque es evidente que algo no funciona y que algo debe hacerse. Todo puede mejorar, siempre. Sin embargo, eso no le quita mérito al asunto y a todas las personas que lo hacen posible.
Sentimos que tenemos una enorme suerte de que nuestra hija forme parte de Estalmat y estamos muy agradecidos por ello. No sé ella llegará a enfocar su vida hacia la ciencia o hacia algo completamente distinto. Lo que creo es que si decidiera lo segundo, no sería por sentir que no puede por ser chica o no vale por no ser chico. Pues ella no siente para nada que por ser chica vaya a hacerlo peor que un chico o que el haber nacido mujer le impida estudiar cualquier  carrera. Y eso es mérito de sus profes del instituto y de Estalmat.
Porque eso está pasando amigos, a día de hoy. Eso de que una niña no tiene que pensar en ciertas cosas de chicos, como ser astronauta o investigadora en el CSIC. Viene de muy lejos, de las creencias y valores inculcados en la sociedad y en las casas de cada uno a través de los siglos y que hoy, en la era de la robótica, la inteligencia artificial y los coches que van a volar, persiste.
Ayer fue el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y se publicaron montones de artículos sobre el tema, con cifras espeluznantes sobre el escaso papel que la mujer representa en la historia y en el presente de la ciencia.
Por ejemplo, en España sólo un 7 % de las niñas de 15 años se plantean estudiar una carrera técnica. Y eso no es porque el cerebro femenino esté peor dotado para la ciencia o que a las mujeres nos guste más ser enfermeras o periodistas.
La triste realidad es que desde que son niños les vamos llevando por ese camino. Mi suegra cuenta una anécdota de cuando era cría y su madre, sorprendida porque todas las notas del colegio eran muy altas excepto las matemáticas, fue a hablar con la profesora. Y esta le dijo: "no se preocupe, si para lo que va a necesitar ella las matemáticas siendo mujer". Acabo estudiando Químicas y ha sido profesora de Ingeniería Industrial hasta que se jubiló.
Es penoso que Maryam Miizakhani haya sido la primera mujer en recibir la medalla Fields, algo así como el Nobel de Matemáticas, en 2017. Y que nombres que aparecen con frecuencia en los doodle de Google ni nos suenen.
Pasa también en el arte, en la política, quizá algo menos en la literatura, y en prácticamente todas las áreas de la vida, sobre todo si hablamos de puestos de responsabilidad o de salir en los libros de texto.
Queda mucho por hacer. Confío en que poco a poco las cosas van a mejorar y que en breve habrá tantos hombres como mujeres en todos los ámbitos de la vida, dedicándose a lo que realmente les gusta y para lo que especialmente dotados, independientemente de su sexo, color, procedencia o ceros en la cuenta corriente de sus padres.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Viaje a Italia: Pisa




Todo estaba listo para comenzar de nuevo el viaje hasta La Spezia, una localidad costera al Noroeste de Italia, región de Liguria. El GPS hablaba por fin nuestro idioma y nos comentó alegremente que llegaríamos a destino en unas dos horas y media (224 km). El camino se hace un poco largo si pones la radio, porque la música suele ser toda similar a las baladas de Eros Ramazzoti. Amore y amore por todas partes, que llega a perjudicarte los tímpanos y los nervios a la par, y para lo que sólo hay dos salidas dignas: apagar la radio o tener Spotify, de pago.

Nos perdimos, como siempre se pierde uno en una ciudad desconocida, sobre todo si lleva sistema de navegación en el coche. Los GPS se burlan de los turistas y juegan con nuestra paciencia y capacidad de resiliencia. Esto es así. 

Con un sol que nos miraba desde lo alto, malvado, inmisericorde, nos vimos arrastrando maletas por cuestas inesperadas. La Residencia Levante estaba escondida entre callejuelas estrechas y antiguas, cerca de la ladera de la montaña, entre dos vias de tren. Ya está, pensé decepcionada. Venimos a un verdadero tugurio. Me han vuelto a engañar con las fotos y los comentarios. La recepción estaba vacía, como si fuera una recepción a tiempo parcial. Llamé a uno de los teléfonos que venían impresos en una tarjeta.

Enseguida llegó un chico joven, simpático a pesar de no sonreír, con muchas ganas de agradar y facilitarnos las cosas. Respiré aliviada. Nos condujo hasta la primera planta y abrió la puerta de nuestro apartamento. Fantástico, lleno de luz, todo recién reformado, muebles nuevos, limpísimo, baño con ventana, cocina con ventana, terraza. Bien, al final no ha habido mentiras. Aquí estaremos a gusto. 

El chico acompañó a Ramón a por el coche y le condujo hasta el garaje, enorme y gratuito. Y allí nos quedamos unos diez minutos, sintiendo el fresquito del aire acondicionado en la cara. Inmediatamente después salimos hacia Pisa, con la intención de comer allí, ver la ciudad y partir hacia Lucca. En plan viaje organizado.

La cosa empezó bien porque encontramos sitio para aparcar muy pronto, en zona azul, gratuita al ser domingo. Lo malo que estábamos a unos tres kilómetros del centro y nos pegamos un buen paseo entre las tres y las cuatro de la tarde, buscando algún lugar para comer. La ciudad estaba desierta, en esa parte al menos, como si todo el mundo se concentrara en la Piazza dei Miracoli y sus aledaños.

Comimos en una trattoria que da a una plaza pequeña, cuyo nombre no recuerdo, pasta, pizza, cerveza, agua. Era un sitio estrecho y oscuro, con poca gente, entiendo que por las horas, con precios más o menos asequibles para ser Italia. Y con terraza, eso era fundamental. Allí repusimos fuerzas para seguir hasta la Torre inclinada. Teníamos además una importante misión, comprar pan y tomates para complementar el jamón ibérico que nos esperaba en el apartamento para cenar.

Paseamos sin rumbo hacia lo que creíamos que sería el sitio del Duomo pero nos equivocamos, íbamos por la orilla incorrecta del río Arno. Nos encontramos, eso sí, con el bonito Palazzo Blue e incluso vimos un casa inclinada al otro lado del río. Volvimos hacia atrás y pasamos por el puente Mezzo y anduvimos por Borgo Stretto hacia la parte más fotografiada de Pisa, donde la gente es capaz de hacer las cosas más estúpidas por conseguir una foto "original" con la famosa torre.

De camino, nuestra habitual parada para degustar un delicioso café italiano. Siempre en la barra para evitar desembolsos desmesurados. El precio de un café puede ser el triple si te sientas tranquilamente en una terraza a esperar que un camarero te lo sirva.

Por fin alcanzamos nuestro destino. Impresionante la Torre, la Catedral, el Baptisterio y el Camposanto, aunque este último apenas lo vislumbramos por dentro. La entrada a los cuatro monumentos era bastante cara para los cuatro, así que elegimos uno de ellos, el Baptisterio. La entrada a la catedral es gratuita pero a partir de las siete de la tarde, hora a la que queríamos estar de vuelta. Hacía un calor terrible a las cinco de la tarde. 

El Baptisterio impresiona, sobre todo cuando de repente un señor empieza a cantar y comprobamos las cualidades acústicas de la sala. Es el más grande de Italia, de origen románico (1152) y está dedicado a San Juan Bautista.

Tras las fotos chorras de rigor, fuimos paseando de nuevo hacia el coche. El calor nos había robado las fuerzas y la idea de ir esa tarde a Lucca desapareció de nuestra lista de cosas por hacer en ese día. Tomamos unos helados, compramos el pan y los tomates en una tienda regentada por indios y tardamos una eternidad en llegar al aparcamiento.

Me hubiera gustado dedicarle un poco más de tiempo a Pisa, pues estoy segura de que es mucho más que lo que vimos apresuradamente. Otra vez será.

A la vuelta nos perdimos y llegamos a casa mucho más tarde de lo esperado, sobre las nueve. Hechos polvo, hambrientos, acalorados. Así que el bocata y la ducha nos supieron de lujo. Al día siguiente, las Cinque Terre.